His Dad Will Do
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HIS FATHER IS MY DADDY NOW.
They say revenge is a dish best served cold and I guess that’s apt, because I am freezing. I’m standing on the front steps of my cheating bastard of an ex-boyfriend’s childhood home and I’m here for one reason. I’m here to seduce my ex’s father.
Lance says that his dad only bangs twinks who are way younger than him. And I can’t think of a better FU response to what Lance did to me than to be the latest twink in his dad’s bed.
Principales tropos
- El padre de mi exnovio
- dinámica Papi/chico
- Diferencia de edad
- BDSM
- Azotes
- Piercings en lugares interesantes
Sinopsis
Sinopsis
Su padre es mi Papi ahora.
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío y supongo que viene al caso, porque me estoy congelando. Estoy parado en los escalones de la casa donde creció el cabrón infiel de mi exnovio, y vine por una sola razón.
Vine a seducir al padre de mi ex. Lance dice que su padre solo se tira a twinks mucho más jóvenes que él. Y no se me ocurre mejor manera de mandarlo al diablo por lo que me hizo que convertirme en el último twink en la cama de su padre.
Echa un vistazo al interior: Capítulo uno
Echa un vistazo al interior: Capítulo uno
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío y supongo que viene al caso, porque me estoy congelando.
Se supone que la camisa de malla y los jeans ajustados que llevo son bastante reveladores, pero una ráfaga de aire helado arrastra un remolino de hojas secas y marrones sobre mis zapatos y se me encogen los huevos.
Tengo los pezones duros, pero, otra vez, por el frío, no tanto por la anticipación o la excitación. Estoy parado en los escalones de la entrada de la casa de mi exnovio, o sea, la de su padre, y vine aquí por una razón.
He venido a seducirlo. Porque Lance siempre se queja de que su padre solo se tira a twinks mucho más jóvenes que él, y no se me ocurre mejor manera de mandarlo a la mierda por lo que me hizo que convertirme en el último twink en la cama de su padre.
Llevo abrigo, claro, porque es diciembre en Connecticut. Pero el abrigo es esta prenda larga de terciopelo negro, algo así como un cruce entre una bata de fumar antigua y una gabardina. El tipo de abrigo que me pongo para ir a los clubes y verme sexy, no para entrar en calor. Y, de todos modos, abrocharme los botones solo me cubriría el torso y se supone que tengo que resultar irresistiblemente sexy.
Aunque estoy replanteándome si esta fue la mejor o la peor idea que se me ha ocurrido en la vida.
Definitivamente es la más temeraria, a pesar del estado actual de mis huevos. Así que, antes de que lo poco que me queda de valor se congele y se me caiga como está a punto de hacerlo mi verga, toco el timbre de Logan Reynolds.
Son poco más de las ocho de la noche de un viernes y Logan está en casa, gracias a Dios. Una luz cálida se cuela por los enormes ventanales de la sala. Y parece que está solo, además. No hay ningún carro más estacionado en la entrada, frente al garaje doble cerrado, ni en la calle, delante de la gran casa.
Porque eso sería el colmo de la humillación: que me haya tomado un tren de la Metro-North hasta Westport, Connecticut, para seducir al padre de mi exnovio y que dicho padre ya tenga a un ligue de Grindr en la cama.
La puerta de entrada es casi toda de cristal, así que veo a Logan cruzar el espacio diáfano de la sala y la cocina para abrir. Entre la claridad de las luces interiores de su lado y la noche sin luna de fuera, no creo que pueda distinguir quién está al otro lado de la puerta, y sé que no me espera. Así que su expresión de sorpresa cuando abre no es... bueno, sorprendente. Llena el umbral, sus hombros anchos casi rozan el marco, y mi verga se sacude con interés, a pesar del frío.
—¿Silas? ¿Estás bien?
Ahora que de verdad estoy aquí, no sé exactamente qué decir, a pesar de toda la anticipación y de todo lo que lo planeé. Bajo la mirada a sus pies, que están descalzos a pesar del frío invernal, y luego la subo a su cara bajo el flequillo. Es una mirada que solía funcionar con su hijo, ese cabrón, y espero que de tal palo, tal astilla.
—Eh... —empiezo, como un idiota.
—Claro que no, ¿en qué estaba pensando? —Logan abre la puerta de par en par—. Pasa, hijo.
La casa está benditamente cálida, en parte gracias al fuego de la chimenea de gas de doble cara que divide la sala del comedor. Me quito el abrigo, dejándolo resbalar de los hombros, y sacudo las manos, abriendo y cerrando los puños para que la sangre vuelva a los dedos.
Logan agarra mi abrigo y lo deja en un perchero de la entrada; luego ladea la cabeza para mirarme la cara. Chloe dice que tengo ojos de «ven aquí» —qué carajo significará eso—, pero Lance también dijo una vez que fueron lo primero en lo que se fijó de mí, así que los uso al máximo con su padre. Son verdes, con motas doradas, y me he difuminado el toque más leve de delineador alrededor para que resalten de verdad. Tengo las pestañas largas y espesas, y de verdad le bato las pestañas a Logan, cuyos propios ojos se entrecierran al mirarme.
Anda por los cuarenta y muchos, me lleva veinticinco años, y tiene ese aire de canoso irresistible que tira de espaldas. Su gesto se endurece, como el abogado de rostro impasible que es. Pero también baja la mirada a mi pecho. A los piercings de mis pezones, visibles a través de la camisa de malla, y luego, brevemente, más abajo, antes de volver a subirme la mirada a la cara.
—No —dice, y el tono firme de su voz hace que mi verga dé un tirón.
—Ni siquiera sabes a qué vine.
Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo otra vez y se cruza de brazos.
—No soy ciego, Silas. Y la última vez dije que no, ¿recuerdas?
La última vez es justamente por lo que vine aquí esta noche.
Aunque, a decir verdad, no recuerdo gran parte de ella.
Recuerdo haber asistido a la fiesta anual de Navidad del bufete de Logan. Logan nos había invitado a Lance y a mí porque muchos de sus clientes son productores de Broadway. Y conoce mi sueño de que algún día produzcan allí un musical mío. Recuerdo haber aceptado encontrarme con Lance en la fiesta en vez de llegar con él. Porque Lance dijo que tenía que trabajar hasta que empezara para adelantar un proyecto.
Pues sí que estaba «trabajando». Recibiendo una mamada de un mesero del catering en un despacho vacío del bufete de su padre. Ahí fue donde lo pillé cuando volvía a la fiesta desde el baño.
Lo siguiente que recuerdo es agarrar una borrachera monumental y que Logan me metiera en un taxi. Se subió a mi lado y me acompañó durante todo el trayecto desde su oficina en Midtown Manhattan hasta el apartamento de Chloe en Brooklyn después de que yo gritara en plena Séptima Avenida que no pensaba volver jamás al apartamento que Lance y yo habíamos estado compartiendo durante el último año.
—Recuerdo que tu verga no dijo que no la última vez —digo. Doy un paso hacia él. Lo bastante cerca como para que mi pecho casi toque el suyo. Es unos centímetros más alto que yo, y tengo que alzar la cabeza para mantenerle la mirada. Está ahí parado, con la cara impasible, los ojos clavados en los míos.
En su descargo, no niega lo que pasó. Cómo, cuando el taxi tomó una curva un poco demasiado rápido y yo me caí contra él, me pasó el brazo por encima. Cómo, cuando apoyé la cabeza en su regazo —al principio para bloquear las interminables ráfagas de luz que entraban por las ventanillas del taxi. Me mareaban en mi estado de embriaguez y estaba intentando no vomitar—, se le marcó la erección bajo los pantalones negros de lana de su traje.
Cómo separó más los muslos cuando hundí la cara en su entrepierna. Cómo me acarició la espalda mientras le echaba el aliento caliente sobre la verga, cada vez más dura.
Hasta que el taxi llegó al edificio de Chloe y Logan me levantó de su regazo, se inclinó hacia delante y le murmuró al taxista que volvería enseguida. Me arrastró por el camino de entrada y me apoyó contra la fachada de ladrillo del edificio, y luego me dejó en manos de Chloe cuando ella respondió al timbre, con un escueto: «Su novio le puso los cuernos y está borrachísimo. Necesita que alguien cuide de él esta noche».
En cambio, ahora dice:
—Pues entonces es una suerte para los dos que no sea mi verga la que toma mis decisiones.
—¿Ah, sí? —Levanto una mano y la deslizo por mi propio pecho hasta llegar a la entrepierna—. ¿Y si los dos tuviéramos suerte esta noche?
Me agarro la verga, cada vez más dura, por encima de los jeans, y el dorso de la mano roza el suave pantalón de estar por casa que lleva Logan. Bajo la tela hay un bulto igual de duro, pero él sigue sin acercarse más a mí.
Ni alejarse.
—Silas. —La voz de Logan es grave y áspera. Traga saliva y yo sigo el movimiento de su garganta bajo la sombra de la barba bien recortada—. Estabas borracho.
—Borrachísimo —admito. Me acaricio la verga por encima de los jeans, lo que hace que el dorso de mi mano roce también la suya—. Eso no cambió lo que quería entonces. Y ahora no estoy borracho.
—Acabas de pillar a tu novio poniéndote los cuernos, Silas. Hace menos de una semana. Necesitas tiempo para superarlo.
Ralentizo el movimiento de mi mano. La arrastro con suavidad, despacísimo, a lo largo del bulto de mi erección. Rozando apenas la suya al mismo tiempo. Su verga se sacude y se inclina hacia la mía.
—¿Sabes qué? No creo que lo necesite. —No quiero hablar de Lance, porque, si lo hago, es probable que diga cosas de él que arruinen cualquier posibilidad de conseguir aquello por lo que he venido.
Logan aprieta las manos en sendos puños a los costados. Tiene manos anchas, de nudillos grandes, más propias de un obrero o un jardinero que de un abogado corporativo de un bufete de postín en pleno Midtown Manhattan. Me imagino la mano de Logan sosteniendo la gruesa estilográfica Mont Blanc que le he visto usar cuando me he quedado aquí con Lance. Después me imagino esa misma mano envolviéndome la verga y me estremezco.
Una mano se abre y se eleva un poco, como si fuera a tocarme, pero entonces vuelve a bajarla y se seca la palma en el costado del pantalón.
—Silas. Aunque tuviera una reacción natural hacia ti en el taxi, salías con mi hijo.
La mano se cierra en otro puño y vuelve a abrirse.
—¿Qué clase de cabrón sería si me aprovechara de ti?
Me inclino un poquito hacia delante, de modo que la línea de mi verga bajo los jeans roza la suya, que sobresale bajo su pantalón holgado.
—Ya no estoy saliendo con tu hijo. Hemos terminado del todo. Soy agente libre.
No sé si esa es la mejor comparación —los deportes no son lo mío, la verdad—, pero lo que funcione, ¿no?
Los ojos de Logan se clavan en los míos. Me siento como un testigo en el estrado, como si me estuviera jugando todo lo que me importa.
—Y no te estarías aprovechando de mí. Solo me estarías dando lo que te estoy pidiendo.
Busco la mano de Logan y me la llevo al pecho, presionando su palma sobre mi pezón derecho. Me inclino hacia delante para que sienta el aro de mi pezón contra su palma y mi verga contra la suya.
—¿Qué me estás pidiendo, Silas?
—¿No es obvio? —Doy un leve empuje de caderas. La mano de Logan se aprieta sobre mi pectoral. Le estoy pidiendo que me folle. Y que me la chupe y me deje chupársela y hacerme toda clase de otras cosas sucias.
—Tu novio... mi hijo... acaba de engañarte con otro hombre.
—Soy negativo, si es eso lo que te preocupa. —Me hice las pruebas la mañana después de la fiesta, entre el miedo, la traición y la rabia. Y luego otra vez ayer, sabiendo lo que tenía pensado hacer.
—Yo soy negativo y tomo PrEP —dice Logan. Ah. No sabía que tomaba PrEP. ¿Me follará a pelo, entonces? Joder, ojalá.
—Pero ese no es el punto —continúa.
—¿Cuál es el punto? —pregunto.
—El punto es... que no podemos, Silas. —Pero su palma casi me está restregando el pecho, retorciéndome el pezón de una forma que se siente jodidamente bien. Y levanta la otra mano para ahuecarla contra mi mandíbula. Su pulgar me acaricia el pómulo y yo me inclino un poco hacia su mano.
—¿Por qué no? Me deseas, ¿verdad? —Sé que sí. El taxi no fue la primera vez que noté esa «reacción natural» de Logan conmigo—. Puedes tenerme.
—Silas —empieza, pero sigue retorciéndome el pezón—. Para empezar, tienes la misma edad que mi hijo.
—Más joven, en realidad —le digo—. Me salté un curso en la escuela. —Tengo veintidós años y llevo ocho meses, desde que terminé la carrera, intentando sacar adelante el musical que escribí como proyecto de fin de carrera. Y trabajando de mesero. Muchísimo, la verdad.
—Jesús —dice Logan, y la voz le tiembla un poco, pero sus manos están firmes sobre mi cuerpo.
—¿Quieres que te llame Papi, entonces?
Esas son las palabras mágicas, por lo visto, porque los ojos de Logan se vuelven aún más oscuros y la mano que me sujeta la cara se desliza hacia abajo hasta cerrarse en torno a mi garganta. Aprieta lo justo para entorpecerme la respiración, pero no tanto como para cortar el flujo de sangre a mi cerebro. Toda la sangre se me baja a la verga de todas formas, y me palpita como nunca en la vida.
—¿Acaso sabes lo que estás diciendo, chico?
Claro que lo sé. He visto bastante porno; más de la cuenta, probablemente. He acompañado a Chloe al club fetichista que frecuenta en la noche de principiantes y me he informado bastante sobre la dinámica Papi/chico. Es algo que llevo tiempo pensando en explorar.
Con Lance no, eso sí. Ni una sola vez. Lo cual dice mucho de por qué fracasó nuestra relación. Casi tanto como el hecho de que me engañara.
Porque es algo en lo que he estado pensando cada vez más últimamente. Tener un Papi. Ser el chico de un Papi fuerte y firme que cuide de mí como nadie ha hecho nunca. No sé con certeza si a Logan le va esa dinámica, pero algunas cosas que Lance ha dicho sobre su padre me hacen pensar que podría ser.
Más que una posibilidad, si la mano de Logan en mi garganta sirve de indicio. Aprieta los dedos un poquito más, pero no tanto como para que no pueda tomar aire suficiente para decir:
—Quiero que me folles. Papi.
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